Miércoles 21.11.2018

Perder la humanidad

El día que nos demos cuenta de que cada persona que pierde su capacidad de empatía, de ponerse en la piel de los demás y miremos a otro lado sin importarnos el sufrimiento ajeno, no sólo habremos perdido lo poquito que nos distingue de los animales, sino que nuestra esencia habrá sido destruída porque sólo quedarán personas sin corazón.

El 1 de noviembre de 1988 el pueblo de Tarifa, en Cádiz, adquirió fama internacional, y no por sus playas o por los deportes que en ellas se practican. A su playa se acercó por primera vez una patera con 23 inmigrantes a bordo. Antes de tocar tierra la patera naufragó y de sus ocupantes murieron 18 y sólo sobrevivieron 5. Este fue el primer naufragio conocido de una patera en España. 30 años después la tragedia se sigue repitiendo. Y es que la historia reciente del mundo es una historia de migrantes que buscan refugio, huyendo del hambre, de la guerra, de la persecución, de la muerte. 

5 millones de personas sirias que desde 2011 han abandonado su país para iniciar una travesía que en demasiados casos termina con sus cuerpos flotando en el gran cementerio en que se ha convertido el mediterráneo, capturados y capturadas por mafias que trafican con seres humanos, que les torturan, que les explotan, llegando a venderles como esclavos. O pueden acabar en campos de refugiados, viviendo la miseria del encierro entre verjas y viviendo a expensas de una ayuda internacional cada vez mas exigua ¡Qué sería de ellos y ellas sin el gran trabajo de la sociedad civil y las organizaciones no gubernamentales! ¡Qué será de ellos si nuestros países los dirigen seres inhumanos como Salvini, que les aboca a morir ahogados por no dejarles atracar en sus costas!

La humanidad se ha caracterizado por dividirse en dos grupos muy diferenciados, antagónicos: los poderosos y los oprimidos

Pero no son sólo los sirios. Desde 2017 vivimos alarmados la crisis de los Rohingyas en Bangladesh. Más de medio millón, la mayoría mujeres y menores, tuvieron que huir de sus casas para no ser masacrados por pertenecer a una minoría religiosa. O las columnas de refugiados latinoamericanos que tratan de llegar a Estados Unidos huyendo del hambre y la violencia, a pesar de las amenazas de Trump de ordenar abrir fuego contra la multitud sin importarle que el grueso de esas caravanas lo conformen mujeres, niños y niñas. Ya vimos a este inhumano presidente encerrar a las pobres criaturas en jaulas separados de sus padres y madres, separaciones forzadas contrarias a los Derechos Humanos y a los Derechos de la Infancia que solo la presión de la sociedad civil global fue capaz de parar  ¡Y qué decir de los y las saharauis que llevan 43 años sufriendo el refugio en la hamada argelina o la violencia del tirano marroquí en los Territorios Ocupados porque España es incapaz de asumir su responsabilidad y avanzar en el proceso de descolonización!

A lo largo de la historia, la humanidad se ha caracterizado por dividirse en dos grupos muy diferenciados, antagónicos y con unas pautas de comportamiento cuyo patrón se repite una y otra vez. Siempre ha habido opresores: los poderosos, los señores de la guerra, los bancos, los empresarios insaciables y sin escrúpulos, los maltratadores de mujeres... Y asimismo para poder existir opresores deben existir oprimidos: los refugiados, los embargados y expulsados de sus casas, los trabajadores explotados, las mujeres maltratadas que viven en un infierno...

El día que nos demos cuenta de que cada persona que pierde su capacidad de empatía, de ponerse en la piel de los demás y miremos a otro lado sin importarnos el sufrimiento ajeno, no sólo habremos perdido lo poquito que nos distingue de los animales, sino que nuestra esencia habrá sido destruída porque sólo quedarán personas sin corazón. No sólo habremos perdido nuestra humanidad. Habrá desaparecido la Humanidad como concepto global.

Como dijo Leonard Cohen: “A veces uno elige de qué lado está simplemente viendo quién está del otro lado”.

Perder la humanidad
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