Martes 18.12.2018

Adiós si te vas

Íñigo de la Serna ha dicho que se va, que deja la política después de 20 años subido al podio de la cosa pública, trabajando para los ciudadanos, y también haciendo carrera, que todo cuenta.

Cuando yo hacia la mili, en mi unidad había un civil mayor que cada vez que te marchabas y te despedías él también lo hacía diciendo “adiós si te vas”. No levantaba la cabeza de sus papeles y seguía con sus cosas, dando la trascendencia justa a que te fueras, y en el fondo demostrando que también le importaba lo justo, que era más bien poco. Y le daba igual quién fuera el que se fuera, yo, el sargento o el mismísimo teniente coronel. Aquel hombre resumía en esa frase toda la convención social de la despedida por educación tal y como la entiende alguien para quien el duelo por una marcha duraba lo que el eco del golpe de la puerta al cerrarse.

Íñigo de la Serna ha dicho que se va, que deja la política después de 20 años subido al podio de la cosa pública, trabajando para los ciudadanos, y también haciendo carrera, que todo cuenta. Lo deja después de haber llegado desde una concejalía gestionando las basuras hasta un ministerio mandando en carreteras, puertos y aeropuertos. Después de haber privatizado el agua de Santander y de haber rescatado las autopistas. Después de haber dejado a los santanderinos el MetroTus y de no haber movido un dedo por llevar el AVE a Cantabria. Después de ganar elecciones con holgura, y de hacer perder el gobierno a su partido por haberse dejado votos a chorro. De haber gobernado con tránsfugas, y de no saber integrarse. Se va el exalcalde después  de haber querido ser, y de haber sido. Y seguro que aquel civil de la Base Aérea de Torrejón le hubiera despedido con su “adiós si te vas”, sin inmutarse, a lo suyo, sin darle más importancia, esperando tan sólo que el exministro realmente se fuera.

Que si una gestión siempre brillante, que si una disposición inexcusable, que si un éxito inapelable, que si una preparación indiscutible

En España nos encantan los panegíricos rimbombantes. De la Serna ha tenido el suyo de los suyos, con palabras relamidas, elogios exagerados y lealtades hasta el final. Que si una gestión siempre brillante, que si una disposición inexcusable, que si un éxito inapelable, que si una preparación indiscutible. A los que nos parece que lo suyo ha sido más humo que otra cosa, y mucho postureo alimentado por un ego desmedido y de una soberbia inconmensurable, nos sobra tanto jabón, pero nada distinto podía esperarse, faltaría más. Al fin y al cabo, todos ellos acampan juntos en la misma orilla del río, aunque ahora estén más tirantes y a según quien le cuesten más las carantoñas y los deseos de un pronto regreso se hagan con la boca chica. 

También somos los españoles muy de lacerantes despedidas cuando es el enemigo el que parte. Zuloaga, que no es precisamente un ejemplo de talentos, le ha dicho adiós con los exabruptos que le recuerdan los fracasos (él, que perdió las municipales de 2015 aunque luego le hicieran alcalde), y Revilla, otro paladín de la altura política y el saber estar, le afea no haberse dedicado a Cantabria como debería, en esa creencia de que por ser de allí en vez de ministro le habían hecho virrey. Tampoco es necesario hacer leña del árbol caído. De la Serna se va por la puerta de atrás, sin quererlo ni haberlo previsto, sin más plan alternativo, supongo, que no caer en el pronto olvido y poder regresar aclamado y en olor de multitudes si el PP remonta el vuelo y le buscan un apaño.

No tengo a Íñigo como un político destacado más allá que por haber alcanzado un ministerio. Y tampoco es para tirar cohetes, que experiencias sobran de que no siempre, ni mucho menos, los presidentes del gobierno han escogido a los mejores para su Consejo de Ministros (y de Ministras). De la Serna ha sido un concejal corriente, un alcalde corriente y un ministro corriente, en la medianía siempre, aunque bien situado para ser el elegido para ocupar cada cargo. Ha llegado todo lo alto que había ansiado, y ahora las circunstancias lo mandan al sector privado, donde es probable que no quedará en la indigencia. Y siendo esta la cosa, hay que despedirle como merece, como haría aquel viejo funcionario del ejército, con el mismo aplomo y la misma relevancia (escasa).  Adiós si te vas...

Adiós si te vas
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