Jueves 25.04.2019

El cinismo y la independencia

La derecha nacional siempre ha tenido un sentido patrimonial de España, y sólo ellos, sus señoritos, pueden dedicarle su tiempo y sus esfuerzos. Los demás deben conformarse, cómo no, con repararles los zapatos y las botas.

Al día siguiente de que se supiera que Pepu Hernández competiría por la candidatura a la alcaldía de Madrid con el PSOE, preguntaron al exministro Méndez de Vigo qué le parecía la propuesta. Después de calificarle como un entrenador de baloncesto “normal” (ganar un europeo ya no cuenta ahora que se va con la izquierda), dijo sobre la dedicación a la política que él es de los que piensan que “zapatero a tus zapatos”. O sea, algo así como que Hernández podría ponerse a vender ropa deportiva en un mercadillo, pero no dedicarse a lo público porque no es lo suyo. La derecha nacional siempre ha tenido un sentido patrimonial de España, y sólo ellos, sus señoritos, pueden dedicarle su tiempo y sus esfuerzos. Los demás deben conformarse, cómo no, con repararles los zapatos y las botas.

En España y en democracia, la representación pública no es cosa ya de aristocracia ni de familias

La derecha también es muy cínica. Ejercita la memoria a corto plazo, y según para qué cosas (la dictadura franquista y sus consecuencias, por ejemplo), aplica directamente la desmemoria. Y lo que recuerda, lo manipula para salir siempre indemne. El exministro de Deporte ha menospreciado el derecho de Pepu Hernández a dedicarse a la política, el mismo que el de cualquier otro ciudadano, obviando que en Andalucía su partido acaba de nombrar consejero a otro baloncestista, en Baleares fue director general de su gobierno un balonmanista, en el Senado han tenido como senadora a una atleta, o en Cantabria ha sido diputada y efímera candidata regional del PP una saltadora de altura. Si Méndez de Vigo ha logrado ser ministro, no hay razón ninguna para que Hernández no pueda ser alcalde. En España y en democracia, la representación pública no es cosa ya de aristocracia ni de familias.

Es verdad que los fichajes de los partidos políticos de gente ajena a su mundo suelen ser decisiones estratégicas. Poco tienen que ver con el convencimiento de que más allá de la política profesional hay personas capaces de representar a los ciudadanos y defender sus intereses como hacen los que han convertido la política en un modo de vida. Incluso mucho mejor. En la elección de independientes priman la estética y el trampantojo de la modernidad. Todos los partidos alguna vez lo han hecho, especialmente cuando sus cuadros están más quemados que la pipa de un indio, enviando el mensaje de que su ideario y su programa no son exclusivos de adeptos con carnet. No siempre ha funcionado, y cuando lo ha hecho, el experimento ha durado hasta que los cuchillos internos han dejado al elegido malherido en una cuneta. Aun así, ni la necesidad se agota en el fracaso, ni Méndez de Vigo es quién para ponerla en cuestión. Cada cual de lo suyo gasta, y en el PP también son de tirar la casa por la ventana.

Los tiempos en los que la política era cosa de dos o tres con apellidos rimbombantes y de toda la vida ya pasaron, y que ahora hasta los zapateros pueden dedicarse a ella si gustan

Pepu Hernández es un buen entrenador de baloncesto, acreditado por los triunfos. En política es un novato que tendrá que aprender la puesta en escena del teatro institucional mientras, además, hace por sobrevivir en las frías aguas internas del partidismo. Tiempo tendrá de arrepentirse del fregado en el que se mete. O no, porque lo mismo descubre una vocación de servicio que le hace sentirse como pez en el agua. Que no sea militante socialista desde los 14 años, ni amigo íntimo de un gerifalte local, ni primo-hermano de un subsecretario, no le quita un ápice del derecho a intentar congraciarse con los electores y obtener su confianza para ocuparse de sus asuntos. Alcanzar el éxito ya será otra cosa, y tal vez de que lo consiga dependa que deje de ser una sonora excepción que ciudadanos independientes vayan en las listas electorales, o les hagan ministros, sin parecer un apaño ornamental de circunstancia. Quizá también así Méndez de Vigo comprenda que los tiempos en los que la política era cosa de dos o tres con apellidos rimbombantes y de toda la vida ya pasaron, y que ahora hasta los zapateros pueden dedicarse a ella si gustan.

El cinismo y la independencia
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