jueves 17.10.2019
SERIE CANTABRISMO [BLOQUE 01 | ARTÍCULO 01]

“El río Ebro nace en el país de los cántabros”

Las raíces históricas premodernas de Cantabria.

Monumento al Cántabro (que incluye la frase del poeta romano Horacio “Cantabrum indoctum iuga ferre nostra”, es decir “El cántabro, no enseñado a llevar nuestro yugo”), escultura en bronce, obra de Ramón Ruiz Lloreda, ubicada desde 1985 en el barrio santanderino de El Sardinero
Monumento al Cántabro (que incluye la frase del poeta romano Horacio “Cantabrum indoctum iuga ferre nostra”, es decir “El cántabro, no enseñado a llevar nuestro yugo”), escultura en bronce, obra de Ramón Ruiz Lloreda, ubicada desde 1985 en el barrio santanderino de El Sardinero

Se considera que la conformación del pueblo cántabro se produce, como resultado de la aportación céltica sobre la población preexistente, entre las prehistóricas edades de Bronce y de Hierro –siglos XIX y VIII a.C.–, mientras que su entrada en la historia llega más de seis siglos después, cuando el político y escritor romano Marco Porcio Catón escribe en su obra Orígenes (195 a.C.) “fluvium Hiberum is oritur ex cantabris”, es decir “el río Ebro nace en el país de los cántabros”.

“El ‘Bellum Cantabricum’ es, sin duda, uno de los acontecimientos más destacados de la historia de Cantabria”

A mediados del siglo I a.C., prácticamente toda la Península Ibérica –denominada así precisamente por el río Ebro– está directa o indirectamente bajo el control del Imperio romano. Sólo cántabros y astures resisten, hasta que en el año 19 a.C. las tropas del político y general romano Marco Vipsanio Agripa reprimen la última gran revuelta de los cántabros. De la brutalidad de las Guerras Cántabras (29 a.C./19 a.C.) dan fe las fuentes grecolatinas, las huellas arqueológicas –castros asediados, tomados, destruidos y reocupados por guarniciones romanas– y los campamentos legionarios repartidos por amplias zonas de Cantabria, cuyo territorio sobrepasa ampliamente, por el oeste y el sur, los límites de la actual comunidad autónoma. “El pueblo cántabro en la Antigüedad y las gestas que culminan con las Guerras Cántabras crearon un imaginario que ha fundamentado la visión más primordialista del cantabrismo contemporáneo”, apunta el historiador Manuel Alegría. “El Bellum Cantabricum es, sin duda, uno de los acontecimientos más destacados de la historia de Cantabria, no sólo por las consecuencias que acarreó la conquista de la población indígena por el Imperio, sino también por la importancia que mantiene, dos mil años después, la indómita resistencia de aquellos montañeses en el imaginario colectivo de los cántabros”, explica el historiador Diegu San Gabriel.

Tras la conquista, el Imperio romano integra Cantabria en la provincia Tarraconense, y tras el desplome del Imperio romano a finales de la Edad Antigua –principios del siglo V–, Cantabria se ve inmersa en el reparto de la Península Ibérica entre los primeros pueblos que van invadiéndola –suevos, vándalos y alanos–, a los que más tarde se unen los visigodos.

Ya en la Edad Media, el rey godo Leovigildo, en el marco de una serie de campañas militares destinadas a unificar el territorio de la Península Ibérica bajo control visigodo, conquista Cantabria –año 574–, que queda incluida en la órbita del Reino de Toledo. Así, consta la existencia de una provincia visigoda gobernada por un dux o duque –alto aristócrata próximo al rey y designado por éste–, denominada Ducado de Cantabria y que pudo tener su capital en Amaya, ciudad ubicada fuera del territorio de la actual comunidad autónoma, concretamente en la actual Provincia de Burgos.

“A partir del siglo VIII, el país de los antiguos cántabros se fracturó en jurisdicciones y su histórica denominación fue relegada”

Tras la invasión musulmana –año 711– y el desplome del Reino de Toledo, una parte de la aristocracia visigoda se hace fuerte en el norte de la Península Ibérica, donde una revuelta encabezada por un noble llamado Pelayo consolida un foco de resistencia que pronto se convierte en un reino –el Reino de Asturias– cuyo trono ocupará primero el propio Pelayo, después su hijo Favila y después Alfonso, yerno de Pelayo e hijo de Pedro, el dux de Cantabria. Es en esta época cuando el corónimo Cantabria prácticamente desaparece, siendo sustituido por jurisdicciones menores integradas en los reinos primero de Asturias, después de León y Navarra y después de Castilla. “El siglo VIII, con la invasión musulmana y la llegada de gentes que se refugiaron en la vertiente hacia la costa de la Cordillera Cantábrica, será decisivo”, asegura Alegría, que destaca que “a partir de aquí, el país de los antiguos cántabros se fracturó en jurisdicciones y su histórica denominación, aunque no desaparecida totalmente, fue relegada”.

Precisamente la disgregación en circunscripciones menores caracterizará la configuración territorial de Cantabria durante toda la Edad Media, en cuyos primeros siglos empiezan a perfilarse las comarcas de Cantabria –Asturias de Santillana, Trasmiera, Campoo o Liébana–, que traspasan los límites de la actual comunidad autónoma –Asturias de Santillana incluye Ribadedeva, Peñamellera Alta y Peñamellera Baja, en la actual Asturias; Campoo incluye territorios de las actuales Palencia y Burgos…– y se dividen en territorios menores formados a partir de valles y otros espacios geográficos naturales. Esas comarcas se configuran en el siglo XII como merindades –gobernadas por merinos y divididas en valles, juntas, hermandades, alfoces y otros territorios menores organizados localmente en concejos y comarcalmente en juntas generales– y en el XIV como corregimientos, gobernados por corregidores. “Que una colectividad humana sin estructura política que la unificara haya mantenido durante tanto tiempo una conciencia de unidad etnocultural que trasciende las rayas administrativas en las que se repartía podría ser un caso único en la Península Ibérica, quizás sólo comparable al proceso histórico del vecino territorio vasco”, destaca San Gabriel.

Castro, Santander, Laredo y San Vicente pronto inician un desarrollo urbano y un despegue demográfico de la mano del comercio, la pesca y la caza de ballenas

Por otro lado, en el siglo XII Alfonso VIII decide potenciar la salida al mar del Reino de Castilla y concede cuatro fueros a otras tantas aldeas costeras ubicadas en lugares que reúnen condiciones para convertirse en puertos importantes: Castro Urdiales (1163), Santander (1187), Laredo (1200) y San Vicente de la Barquera (1210), las Cuatro Villas de la Costa de la Mar, que pronto inician un desarrollo urbano y un despegue demográfico de la mano del comercio, la pesca y la caza de ballenas, pero que empiezan a decaer cuando en 1494 los Reyes Católicos crean en Burgos el Consulado del Mar para controlar y fiscalizar el comercio marítimo con Europa, un declive que agravan poco tiempo después las exenciones concedidas a los puertos vizcaínos y guipuzcoanos y la creación de otro Consulado del Mar en Bilbao, al no poder las Cuatro Villas de la Costa de la Mar competir en igualdad de condiciones –dependían de la intermediación de la ciudad castellana– con las villas vizcaínas y guipuzcoanas.

Aunque en Cantabria sigue sin existir una unidad territorial desde el punto de vista político y administrativo, sí existe desde el punto de vista geográfico y etnográfico, tanto que aparecen referencias a La Montaña o las Montañas de Burgos como un conjunto de territorios diferenciados de los de su entorno –Vizcaya, Asturias y Castilla– y con rasgos comunes suficientes como para ser agrupados en una única denominación, como sus habitantes, los montañeses. En el denominado Poema de Fernán González, escrito a mediados del siglo XIII, aparecen ya varias menciones tanto al corónimo La Montaña como al gentilicio montañeses.

A principios de la Edad Media el territorio de los cántabros se organiza según el derecho de behetría –derecho de los vecinos a elegir a sus señores–, lo que da pie a numerosas jurisdicciones, casi todas de realengo –bajo la jurisdicción del rey–, pero a finales de la Edad Media los señores –a menudo favorecidos, por acción u omisión, por los reyes de Castilla– tratan de revertirlo en favor de las jurisdicciones de señorío –dependientes de un señor–. Este conflicto provoca reacciones de defensa del común –reunido y organizado en los concejos y en los valles para defender los usos y costumbres de Cantabria frente a las presiones y los abusos señoriales–, que unas veces toman las armas, casi siempre con poca suerte, y otras veces inician largos pleitos judiciales. Uno de ellos, conocido como Pleito Viejo, finaliza en 1438 con una sentencia, favorable al marqués de Santillana frente a los vecinos, que acaba anulando la Merindad de las Asturias de Santillana y sus Juntas Generales.


Viene de: [PRESENTACIÓN] | “A los que en el pasado consiguieron el reconocimiento de las libertades de Cantabria y a los que luchan y lucharán en el futuro”

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